Eje 4. Tayiñ cegetuael: Volver a ser nosotros mismos.

Numerosos y diversos testimonios relatan la vez primera en que se miraron de frente los distintos pueblos originarios del continente, luego llamado América, y los grupos europeos que a partir de los primeros españoles fueron llegando uno tras otro con ansias de conquista. Los que se han impuesto como la historia oficial de esos primeros encuentros son los relatos surgidos de la visión del conquistador en sus diferentes versiones parciales: ibéricos, anglosajones, francos, holandeses; guerreros, funcionarios administrativos, poetas, escribas, eclesiásticos, etc. Así, conceptos como el de “infiel”, “hereje”, “siervo”, “esclavo”, “vasallo”, “encomendados”, “bestias”, entre otros, confluyeron desde las dimensiones ideológicas, políticas y sociales en boga en el mundo europeo de la época para construir el lazo de sujeción servil que de allí en más ha determinado los vínculos de dependencia de los que han emergido los sujetos sociales forjados en esta relación asimétrica: “indio” fue la categoría con que se designó al otro diferente, sometido a una relación de colonialismo que buscó con éxito parcial imponer una imagen de homogeneidad socio - cultural sobre una realidad pre – hispánica extraordinariamente rica en su diversidad social y cultural.

Más allá de las variadas formas en que el conquistador y sus herederos nos fueron concibiendo según el contexto histórico y las visiones predominantes en cada época, la naturaleza del vínculo las marcó a todas ellas. Así es como la cambiante pero siempre presente administración política de la colonialidad vigente en cada periodo nos llamó “indios amigos” o “indios enemigos” y, en este último caso, “bárbaros” que quedaban fuera de todo proyecto inclusor en la etapa de construcción estatal promediando el siglo XIX.

Ya producida la invasión y conquista de nuestro territorio, el siglo XX conoció bajo el mismo patrón otras diferentes denominaciones sociales: aborígenes, indígenas, paisanos – campesinos, minorías étnicas, mapuche argentino, mapuche chileno, ciudadano argentino, ciudadano chileno. Categorías de una lista que para nosotros se inicia con la del “indio” y “araucano” de la conquista española, para perpetuar en el presente un destino político - social de subordinación estructural que el Estado actual dispone para nosotros y que se refuerza en un sentido común construido desde la educación en todos sus niveles.

Pero también nosotros hemos construido al otro. Así, los relatos de esos primeros encuentros nos hablan del wigka (ladrón, asesino, invasor), o de manera más precisa wigka xewa (perro despreciable), o en la forma más generalizada del kaxipance (el foráneo, que tiene otro origen). En la etapa de la construcción estatal, las denominaciones de arkentinu (argentino) y cilenu (chileno) registran la distinción entre nosotros los mapuce y las sociedades que, concebidas en términos de extranjeros advenedizos, se afincaron en nuestro territorio ancestral. Junto a esto, nuestra memoria habla sobre la forma en que nos vemos a nosotros mismos en expresiones cotidianas tales como: Mapunce ta iñciñ, kiñe mojfvñ nieyiñ, kiñe xipance ta iñciñ (gente enraizada en esta tierra somos , una sola y misma sangre portamos, de un solo y mismo origen venimos).

Esa memoria se ha encargado también de mantener las prácticas y sentidos de cohesión culturales que, por sobre la dispersión a que hemos sido llevados, han sostenido un sentimiento y una visión de Pueblo que apunta a proyectarse al futuro. Es que por encima de toda denominación impuesta por el otro sobre nosotros para minimizar el carácter de nuestra existencia colectiva, los Mapuche constituimos un Pueblo Nación, nosotros somos el pueblo originario de esta tierra.

 

 

Tayiñ Kiñegetuam