DONATE

Kutisqa Putisman (El regreso a Putis). Epilogo a una historia inconclusa

José P. Baraybar | Equipo Peruano de Antropología Forense

El regreso a Putis no es más que un regreso simbólico, pues de Putis nunca se fueron. Se trata de un tránsito del anonimato al reconocimiento, el paso del estar, o del haber estado, al ser, a la identidad y la pertenencia, para así alejarse de la nada y del olvido, y dejar de ser tan solo un símbolo de la perfidia que mueve los intereses humanos que, en este caso en particular, se redujeron a unas cuantas monedas a cambio del ganado ajeno.

Este regreso tiene, sin embargo, otras connotaciones, y creo que la más importante es la de admitir que nos encontramos frente a una sociedad aún dividida que no sabe qué hacer con las distintas memorias oficiales que se le presentan. Recuerdo que en medio del velorio de las víctimas en la Plaza de Armas de Ayacucho, el gobernador se negó a entregar la bandera para que fuese izada a media asta por no "apoyar ceremonias de terroristas". Pero, ¿quiénes eran los terroristas? ¿acaso los 42 niños enterrados en la fosa de Putis, las 44 mujeres o los ancianos? Ciertamente, en el país en que vivimos, la noción del otro es la herramienta con la que se justifica acciones bárbaras y se perpetúa y promueve a diario los mecanismos de desigualdad.

Pero "el Perú avanza", y yo me pregunto si es que parte de ese avance es solo dignificar la memoria de las 92 víctimas de Putis, quienes, en realidad, forman parte de un total de 400 personas asesinadas en la zona por manos del Estado y Sendero Luminoso. Me pregunto si es un avance que los pobladores hayan tenido que construir un cementerio por sus propios medios, cementerio que, dicho sea de paso, es probablemente la obra de mayor envergadura construida en la zona. En Putis, el día de la masacre, los pobladores asesinados fueron lanzados a un hoyo cavado por ellos mismo bajo el engaño de que tendrían una piscigranja, pero que no era más que su propia fosa común. Y me pregunto yo ¿Qué clase de avance representa construir justamente una pisicigranja como reparación colectiva? ¿Avanza un Estado al que no se le ocurre una mejor idea que tratar de "honrar" la memoria de las víctimas con el mismo símbolo que los llevó a la masacre? Putis es hoy por hoy un "Centro Poblado Menor", es decir, la denominación más reducida en el esquema del Estado y a la vez el título que valida la existencia de personas que siguen siendo tan invisibles como el día en que fueron exterminadas pues así era más fácil robarles el ganado.

Al llegar a Rodeo, la capital del ahora Centro Poblado Menor de Putis, vemos el nuevo cementerio, esa construcción de cemento con nichos bien distribuidos en una de las laderas de la quebrada. Éste es un lugar azotado por los vientos gélidos de la puna, con una que otra flor que se resiste a ser arrancada de su lugar, que testifica la desolación. La gente sigue con sus quehaceres, con su ganado, con su miseria, en los cerros, en sus chacras escuálidas. La muerte aún domina en Putis y aunque las victimas descansen en paz, todavía no hay justicia. Se trata pues de un crimen perfecto, donde los comandantes con sus apodos, bajo la protección del Ministerio de Defensa, tienen más derechos que el resto de nosotros, y pueden esconderse detrás de respuestas absurdas, de excusas, de nombres de guerra y de archivos que supuestamente no existen.

¿Entonces qué es exactamente lo que cimienta el progreso? ¿Cómo reparamos los horribles daños? Monumentos, cementerios y piscigranjas no harán que estas personas transiten de vuelta a la ciudadanía, a ser parte del "yo" y dejar de ser ese "otro" repugnante y preferiblemente olvidado, y a no estar, como dijera Arguedas "como un toro grande al que se degüella, que por eso es impertinente".1

Es crucial no perder la capacidad de indignarnos, pero es más importante aún saber que nuestra capacidad de teorizar sobre las formas de reparar puede, a veces, ser demasiado optimista e incluso puede llegar a fomentar la misma otredad que tratamos de combatir. Reparar no basta, primero hay que buscar, identificar, restituir y entonces, por último, reparar. La familia de un desaparecido no podrá jamás recuperar a su ser querido, ni desandar la ausencia perniciosa o los momentos de hambre, de frio y de culpa, pero sí podría llegar a vivir una inclusión significativa. Los remedios tradicionales de justicia no bastan, una comisión de reparaciones no restituye un cuerpo de un familiar, no hace que cese esa ausencia de conocimiento que convierte un crimen en permanente.

Mi foto favorita es esa procesión interminable de personas con féretros camino al cementerio en la hoy llamada "carretera rural de penetración", esa procesión es el verdadero regreso a Putis y, de alguna manera, también representa el camino interminable que siguen quienes buscan a sus seres queridos. Es un camino deslavazado, desprovisto de respuestas, sin féretros, bajo el sol incandescente o el frío que agrieta la piel; un camino interminable donde al final se espera poder llegar a algún lugar, por invisible que éste sea.


José P. Baraybar es Director Ejecutivo del Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF). Baraybar fue director de la Oficina para Personas Desaparecidas y Ciencias Forenses de la Misión de las Naciones Unidas en Kosovo (UNMIK) y ha realizado trabajos forenses en Ruanda, Bosnia y Kosovo entre otros lugares. Baraybar fue galardonado con la edición 2011 del premio Judith Lee Stronach Award for Human Rights del Centro para la Justicia y Responsabilidad (CJA).


Notas

1 José Maria Arguedas, "Llamado a algunos doctores", 1966.